CURRO LIMONES, LA GRAN FAENA DE MI VIDA. 4ª PARTE

En los momentos más inesperados siempre aparece la esperanza, como un rayo de luz que se cuela por una ventana entreabierta. Así fue. El administrador de Jaime Ostos me ofreció la alternativa en Madrid.  

El 17 de abril de 1966, con toros de María Matea Montalvo, siendo padrino Gregorio Sánchez y testigo Efraín Girón, tomé la alternativa con el toro Harinero, número 115, de 488 kilos. Pero la suerte no estuvo de mi lado. Fue una corrida muy mala, con reses mansas y deslucidas. Apenas pude ligar seis pases; el toro se refugiaba constantemente en tablas, no fui capaz de cuajar una faena como soñaba. Aquella tarde me dejó un sabor amargo.  

Unos meses después, el 17 de julio del mismo año, volví a Las Ventas con el corazón encendido y la firme intención de resarcirme. Se lidiaban toros de una ganadería portuguesa, bien armados pero traicioneros, de esos que no permiten el más mínimo tropiezo ¡El descuido llegó! En uno de los pases sufrí una de las cogidas más graves de mi vida: el pitón me alcanzó el muslo, dañando la femoral.  

La sangre corría a borbotones. Al verla fluir sentí que me iba. Pensé, de verdad, que no lo contaba. Perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en el Sanatorio de Toreros. El miedo me recorrió entero al abrir los ojos, temiendo lo peor, preguntándome si volvería a ponerme un traje de luces, pero seguía vivo. Y en ese instante comprendí que, aunque el toro me había vencido aquel día, la vida aún no me había dicho su última palabra.  

Aquella cornada no solo me abrió la pierna, también me abrió los ojos. En aquella cama del sanatorio, con el cuerpo vencido y la sangre aún caliente en la memoria, desfiló ante mí toda una vida. No lugares ni fechas, sino etapas: el niño que pasó frío, el muchacho que soñó con el traje de luces, las primeras aventuras con José Antonio El Campiñe por los encerrados de don Félix; ¡El hombre que se jugó la vida por una verdad! Comprendí que no se vive una sola vez, que cada herida inaugura una existencia nueva. Entre el dolor y el silencio, supe que, si volvía a ponerme delante del toro, ya no sería por gloria, sino por fidelidad a todo lo que había sido.  

Cuando me recuperé de la cogida, me marché a vivir a Barcelona. Me alquilé una habitación enorme, casi un apartamento, con todas las comodidades: baño propio, cocina, una cama grande de verdad. Aquello me parecía un lujo impensable. Muchas noches, tumbado allí, mi pensamiento se me iba solo al pasado. Recordaba cuando tenía que dormir sentado en una silla o sobre un banco, en la cocina de la casa del pueblo, buscando el calor de la lumbre. O aquellas veces que me metía en un pesebre de paja, rodeado de animales, arrimándome a su calor para no helarme. La vida me había puesto al borde de la muerte, pero también me había cambiado el destino. Me sentía orgulloso del camino recorrido.  

Toreé en la Monumental de Barcelona ya como matador de toros, aunque la tarde no fue como había soñado. Después vinieron otras plazas: Gerona, San Feliú de Llobregat, Lloret de Mar, Inca en Mallorca, pero los contratos empezaron a escasear. Entré en una etapa difícil, tanto en lo personal como en lo profesional. Las cuentas no salían; me vi obligado a buscar trabajo para poder seguir adelante. Entré en la empresa Margaret Astor como transportista. Trabajaba de día, toreaba cuando salía algo. A pesar de la mala racha, no abandoné nunca mi sueño. Aquella situación me hacía pensar sin descanso en el futuro, en qué sería de mí el día que ya no pudiera vestirme de luces.  

Paseando por el centro de Barcelona, muy cerca de Las Ramblas, vi un cartel de “se vende” en un local comercial. No lo dudé. Invertí todos mis ahorros y pedí un préstamo para completar la compra. Allí abrí un pequeño supermercado que, con el tiempo, empezó a dar buenos beneficios permitiéndome saldar la deuda más rápido de lo que imaginaba. Dejé el trabajo de transportista centrándome en atender el negocio, sin dejar del todo los toros, combinando el mostrador con las corridas que aún me surgían. Por primera vez, sentí que estaba asegurando mi porvenir sin traicionar del todo al torero que llevaba dentro.  

Había aprendido a sobrevivir, a caer y levantarme mil veces. El ruido de las plazas empezaba a apagarse, en ese silencio comenzó a latir otra historia, más callada, más honda, más verdadera. La vida me guardaba la faena más hermosa: amar y volver a casa.  

Una de las tareas más importantes del supermercado era la compra a distintos proveedores. Al principio, sin experiencia en ese mundo, tengo que reconocer que me costaba elegir las opciones más beneficiosas para mi negocio. Fue entonces cuando apareció Juana, una empresaria viuda, con una inteligencia práctica admirable junto a una experiencia enorme. Gestionaba varias empresas: más de diez supermercados, camiones, incluso una peluquería. Su agilidad para negociar, su manera firme de tratar con los proveedores me llamó poderosamente la atención. Observándola aprendí mucho, hasta que un día me atreví a acercarme y pedirle ayuda para gestionar mejor mis compras.  

Por entonces ya había dejado definitivamente el toreo dedicando todo mi tiempo al negocio. Juana me ayudó sin pedir nada a cambio. Cada vez que iba de compras me ponía en contacto con ella; nos asesorábamos mutuamente, comprábamos para los dos, empezamos a vernos con frecuencia, siempre por motivos profesionales. Más adelante le pedí ayuda también con la gestión económica del supermercado ¡Aceptó sin titubear!  

Por las tardes venía a la tienda, pasábamos allí horas trabajando juntos. Sin darnos cuenta, entre cajas, números y estanterías, empezamos a compartir algo más que trabajo: compartíamos la vida. El amor, que ambos creíamos dormido para siempre, renació despacio, sin ruido, con la naturalidad de lo verdadero.  

Su llegada al negocio fue decisiva. Los resultados no tardaron en notarse: los beneficios crecieron de forma asombrosa. Pero lo más importante no estaba en las cuentas, sino en la confianza que se iba consolidando entre nosotros, en un amor que cada día se hacía más profundo. Hasta que surgió, casi sin proponérnoslo, el compromiso de compartir la vida juntos.  

Un día, me miró diciéndome: —¿Quieres que me vaya contigo, normalicemos nuestra relación y trabajemos juntos?  

Acepté sin pensarlo. Era, sencillamente, lo que más deseaba en este mundo. Un regalo de Dios llegado para colmar de gozo una vida marcada por la lucha.  

Pasaron cuatro años de felicidad antes de mi jubilación; gestionando los negocios, compartiendo tiempo, disfrutando de nuestras familias. Cuando llegó el momento de retirarnos, le planteé a mi mujer una necesidad profunda: volver a mi pueblo. Deseaba pasar mis últimos años en el lugar que me vio nacer. Una vez más, su respuesta me emocionó: no lo dudó.  

Alquilamos el negocio, compramos una casa en La Luisiana y un buen coche para el traslado. Regresamos al pueblo, donde actualmente seguimos viviendo.  

Hoy vivo rodeado de recuerdos, con una vida tranquila junto a Juana. Ella dedica parte de su tiempo a ayudar, desde una asociación, a mejorar la vida de las mujeres del pueblo. Yo, agradecido, miro atrás comprendiendo que, después de tantas batallas, la vida me concedió el triunfo más grande: amar y ser amado 

La gran faena de mi vida no se hizo en una plaza ni con un toro delante, sino en el camino recorrido, en el amor encontrado, ¡En volver a casa!  

Autor: Julio Jiménez Cordobés.