El Bastón de Umá Carmen

La calle de mi infancia no tenía aceras. Tampoco estaba asfaltada. En invierno, los niños y las niñas, se bañaban desnudos en los charcos. Las casas habían sido chozos hasta el año 63 pero aquello ya se había acabado y todo el vecindario podía disfrutar de techos de uralita. No había cuartos de baños, solo pozos ciegos en los corrales. Aunque había gente que no se adaptaba al retrete y prefería aliviarse detrás de la tapia del cementerio.

               En verano se sacaban los colchones a la calle o a los patios y dormíamos custodiados por las estrellas.

            En invierno las mujeres despiojaban a los niños al sol de la tarde. Las mujeres de mi calle hacían corrillos en mitad de la mañana. Los niños y niñas nos metíamos entre sus faldas para oír el latido del barrio. La mayoría de las veces, se organizaban para sacar a otra mujer de un aprieto.

            “Fulanita no tiene dinero para poner hoy la olla. Yo pongo los garbanzos” “Y yo el tocino.”

            “Mengana está en el hospital. Yo daré de comer a los niños”

            “A Zutana le pegó anoche el marido. No se puede mover de la cama.” “Calla, mujer, calla.”

           En mi calle estaba mal visto llamar a tu padre papá y a tu madre, mamá. Desde siempre se les había llamado upá y umá. Papá y mamá eran palabras modernas, algo cursis, que veíamos en la única tele de la calle antes de que nos acostara la familia Telerín.

           La familia de mi padre siempre había vivido en la misma calle de chozos construidos por sus propias manos. Trabajaban como jornaleros y sobre ellos extendía su protección Umá Carmen, la abuela de mi madre. Nadie sabía explicar cuál fue su origen. Siendo una niña la encontraron vagando por el campo vestida con sacos y una familia compasiva la acogió en un cortijo.

           De anciana conservaba un fuerte carácter. Padecía de dolores y se apoyaba en un bastón para andar. Pero eso no le impedía recorrer cada mañana los chozos de sus hijos e hijas. Comprobaba si tenían comida, si había picón para encender el brasero, si había alguien enfermo, si habían cobrado el jornal.

           Cuenta mi madre que una mañana llegó a casa de su hijo, mi abuelo Antonio, cuando mi abuela Rosario estaba llorando. Umá Carmen pensó que mi abuelo le había pegado a su mujer y, sin atender a explicaciones, la emprendió a bastonazos con su hijo. Toda la calle acudió a los gritos de Umá Carmen, que juraba y perjuraba que no iba a consentir que ningún hombre de su familia pegara a una mujer.

           Dice mi madre que aquellos bastonazos tuvieron un fuerte efecto sobre todos los varones de la familia, como si sobre sus cabezas suspendiera siempre un bastón.

          Cada vez que una mujer es asesinada por su pareja me acuerdo de los corrillos de las vecinas silenciando y, a veces, justificando el matrato: “Porque ella le contestó”.

            Me acuerdo de las riñas a escobazos y también me acuerdo de la solidaridad que existía entre ellas.

            Pienso que ahora las casas tienen cuartos de baños, las aceras están asfaltadas, los suelos son de mármol.    

           También pienso en lo poco que hemos avanzado si todavía hay mujeres que sufren maltrato en silencio, mujeres que no denuncian, vecinas y amigas que callan.

           La historia de Umá Carmen ocurrió a principios del siglo pasado. Hoy nadie justificaría su arrebato de violencia. Sin embargo, algunas veces me gustaría tener un bastón, aunque fuera mágico, que acabara con este río de muertes que no cesa.

Por Pepa Bermudo Bejarano.

 

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