Hace algún tiempo tuve el honor de acompañar al sacerdote José Chamizo a una casa de acogida y recuperación de adicciones en las afueras de Jerez de la Frontera. Mientras recorríamos el camino, envueltos por el silencio del coche y el paisaje de viñas que se desdibujaba a nuestro alrededor, me atreví a preguntarle sobre su vocación sacerdotal. Su respuesta fue tan sencilla como poderosa, llena de una humildad que calaba hondo:
-Me siento un seguidor de Cristo, dijo. Pero no lo busco en altares dorados ni en templos de mármol. Para mí, Cristo está en la propia sociedad, en los rostros marcados por el sufrimiento, en las manos temblorosas de los necesitados, en los ojos apagados de los adictos, en los niños desfavorecidos que solo conocen el frío del abandono, en los inmigrantes que cargan su vida en una maleta.
Hizo una pausa, como si estuviera pensando cada palabra, y añadió con serenidad:
-Por eso mi vida gira en torno a ellos. Porque, en cada una de esas personas, yo veo a Jesucristo.
Al llegar al centro el director y la subdirectora nos esperaban en la puerta. Tras darnos la bienvenida, nos guiaron por las instalaciones mostrándonos cada rincón. Al finalizar el recorrido, comenzó una reunión que prometía ser larga. Decidí entonces salir al patio, donde junto a la piscina, en una cómoda butaca, se encontraba una mujer que rondaba los cincuenta años disfrutando del cálido sol de febrero. Al verme me saludó y dijo:
—¿Te gustaría sentarte a mi lado y conversar? No lo dudé. Busqué otra butaca y me acomodé junto a ella. El sol añadía calidez al momento creando un ambiente relajado en el que ambos nos sentimos muy a gusto.
María llegó al centro tras ser rescatada de la calle. Su familia de origen muy humilde, no pudo seguir haciéndose cargo de ella; finalmente fue abandonada. Comenzó a consumir marihuana a una edad temprana, con el tiempo pasó a drogas más duras como la heroína y la cocaína. El síndrome de abstinencia la empujaba a robar a sus padres, hermanos, vecinos; ¡A cualquier persona a su alcance! Este camino la llevó a la cárcel en varias ocasiones, sin lograr rehabilitarse. La situación se agravó aún más cuando su adicción la sumió en varios brotes psicóticos que terminaron por desencadenar una enfermedad mental grave. Este fenómeno es lo que los especialistas llaman “Patología Dual”. Como consecuencia del consumo de drogas, aparece de forma simultánea un trastorno psiquiátrico.
Ahora, aunque su mundo se ha transformado por la enfermedad, esa esencia suya sigue intacta. Su dulzura aparece en los pequeños gestos: En cómo se preocupa si me nota triste, en cómo me regala trozos de sus historias imaginarias como si fueran tesoros. Su inteligencia, aunque distinta, sigue brillando en la lógica interna de sus delirios, de esa manera única de hilar pensamientos que sólo ella entiende. Y su ternura… esa nunca se pierde.
En su mundo, ella es una mujer realizada. Me cuenta, con una seguridad que no admite dudas, que está casada con Antonio, su psiquiatra, y que juntos comparten más que un hogar: También un propósito. Trabaja en el laboratorio del hospital; cuando llega a casa se dedica a cuidar a sus dos niños, de los que habla con tanto detalle que casi puedo verlos.
Otras veces, la veo transformarse en un chef de renombre. Diseña menús para un restaurante tan exclusivo que parece existir solo en sus sueños. “Todo tiene que seguir las normas de salud y calidad”, me dice, mientras sonríe con esa dulzura que nunca se ha apagado. Siempre sin importar qué historia esté viviendo ese día, hay un beso, un gesto que me recuerda que su cariño es tan real como cualquier cosa que yo pueda tocar.
En otras ocasiones, su mirada se pierde en la nada quedando atrapada en su mundo interior, apenas roto por alguna sonrisa fugaz o una lágrima inesperada. Es como si su alma transpirara silencio, emociones contenidas. ¿Por dónde deambularán sus pensamientos? Se había marchado dejando un vacío palpable. Su cuerpo estaba presente, pero su mente ya no.
Al escuchar el mutismo de María no puedo evitar pensar en esas familias que tienen a un hijo, marido, sobrino, o ser querido atrapado en las garras de la marihuana o la cocaína, sufriendo en silencio las devastadoras secuelas de esta enfermedad tan cruel. No podemos permitir que nos venza sin luchar. No debemos ignorarla, porque si lo hacemos, seguirá creciendo hasta destruir al enfermo e incluso a quienes lo rodean.
Una voz diciendo -¡Julio! Y una mano en mi hombro me hizo salir de mis pensamientos; Pepe estaba a mi lado, nos marchábamos del Centro. Nos despedimos e iniciamos la vuelta a Jerez; por el camino volvió el silencio, no pronunciamos una sola palabra hasta llegar a nuestro destino. Antes de bajar del coche, Pepe me hizo una sola pregunta:
¿Julio? ¿Al conversar con esa mujer que has sentido?
Le contesté: ¡ A Jesucristo!
Se sonrió; nos dimos una abrazo despidiéndonos hasta un nuevo encuentro.
Autor: Julio Jiménez Cordobés.
Diciembre 2024