CURRO LIMONES, LA GRAN FAENA DE MI VIDA 3ª PARTE

De vuelta al pueblo me instalé en Écija, trabajando en una empresa de transformación vegetal que tenía el empresario Ramón Freire. Fue en aquella ciudad, tan taurina como hospitalaria, donde conocí a Guillermo, la primera persona que creyó de verdad en mis cualidades. Él me aconsejó que me lanzara al ruedo en una corrida donde lidiaba Manuel Benítez El Cordobés. Me armé de valor saltando al albero buscando una oportunidad.  

Aquel gesto tuvo recompensa: Guillermo me consiguió mis dos primeras novilladas de verdad, ¡las primeras pagadas! Con ellas llegó mi primer sueldo de torero: 500 pesetas por novillada. La suerte empezaba a acompañarme. Toreé novilladas sin picadores en Cabra, Écija, Arahal etc. En la plaza de Córdoba llegó mi debut con picadores, donde ya cobré 10.000 pesetas.  

Después vinieron otros quince ruedos: Alcalá de Guadaíra, Constantina, El Puerto de Santa María etc. plazas que hicieron crecer mi nombre y donde fui dejando atrás mis tiempos de maletilla, aquellos días en que saltar al ruedo podía costarte la libertad, pero también abrirte el camino hacia un sueño.  

Con Jaime Ostos llevándome los trastos me estrené como novillero en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, ¡catedral del toreo! Con el primero estuve templado, llevándolo cosido a la muleta, la gente respondió rápido: ¡Una oreja! En el segundo, al entrar a matar, el toro me cazó de lleno; me pegó una voltereta de las que te acuerdas toda la vida, me dejó el pie derecho hecho un trapo. Pero me levanté, volví a ponerme delante terminando la faena. La plaza, agradecida, me pidió las dos orejas ¡Aquella tarde fue un auténtico faenón, de las que marcan un antes y un después!  

 Mi recuperación la pasé en una pensión en el centro de Sevilla. Aquellas tardes, con el pie aún vendado, me escapaba hasta un bar taurino cercano a la calle Zaragoza. Allí se juntaban toreros, aficionados y viejos sabios del tendido, de esos que han visto más toros que años tienen. Me sentaba despacio, apoyando el pie ¡Sin darme cuenta acababa metido en la tertulia!  

—Tú eres el chaval que toreó el otro día en la Maestranza, ¿no? —me dijo uno, con la copa de vino en la mano—. El que se levantó después del revolcón.  

—Ese mismo —respondí—. Curro Limones, pa serví a ustedes.  

—Pues olé tus bemoles, muchacho —saltó otro—. Eso no lo hace cualquiera. El toro te cogió de verdad, pero no te arrugaste.  

—El toro me ganó la pelea —dije yo—, pero no la faena. Mientras pueda ponerme delante, ahí estaré.  

—Eso es torería, niño —sentenció un viejo aficionado, apoyado en la barra—. La Maestranza no perdona mentiras, y tú no mentiste.  

—A mí me gustó cómo llevabas la muleta —añadió un compañero—. Bajita, mandona, al toro lo tenías comío.  

—Uno aprende escuchando —respondí—. Aquí hay más escuela que en muchos libros.  

—Quédate en Sevilla, Curro —dijo otro—. Aquí es donde se hacen los toreros de verdad.  

Yo miré el vaso, el humo, las caras gastadas por los años, pensé que, aunque el pie dolía, el alma estaba en su sitio.  

Mi carrera profesional se consolidó aún más cuando Víctor Manuel Pérez Herrera, Vito II, se convirtió en mi apoderado. Para mí fue un orgullo difícil de explicar. Mirando hacia atrás, se me agolpaban en la memoria todos los pasos dados, todas las fatigas, los miedos, las noches sin dormir que habían quedado en el camino hasta llegar a ese momento. Entre todos esos recuerdos, aparecía siempre la figura de mi amigo José Antonio, el Campiñé, compañero inseparable de aquellos años duros, de los rastrojos, de los saltos al ruedo; ¡De los sueños compartidos cuando no teníamos nada!  

Don Víctor no era un cualquiera. Apoderaba a figuras del toreo de la talla de Jaime Ostos, Antonio Bienvenida, Juan García Jiménez, Mondeño y los hermanos Peralta, nombres grandes de aquella época. Estar bajo su tutela me hacía sentir que el sueño que había empezado de niño, entre encierros y sacrificios, empezaba por fin a tomar forma de realidad.  

Los inviernos los pasaba en Sevilla, cuando llegaba el verano me marchaba a Madrid, donde alquilé una habitación muy cerca del Palacio de los Deportes. Desde allí, mi apoderado me fue contratando novilladas en plazas cercanas a la capital. Toreé varias veces en Las Ventas, cortando orejas, dejando mi nombre escrito en la plaza más exigente del mundo.  

También volví muchas veces a Valencia, hasta en siete novilladas, recorriendo de nuevo aquellos caminos que tanto significado tenían para mí. Cada viaje removía los recuerdos de la primera vez que llegué a esas tierras junto a mi amigo el Campiñé: Gandía, Xátiva, las pensiones humildes, los días de hambre y esperanza.  

De Valencia a Barcelona, donde debuté como novillero en la Monumental con un gran éxito. Desde allí di el salto a Arles, en Francia, donde toreé dos novilladas a 65.000 pesetas cada una, una recompensa que confirmaba que el esfuerzo empezaba a sonreírme.  

Ahora regresaba como una promesa reconocida del toreo, con la muleta en la mano y el temple aprendido en cientos de faenas, pero en el fondo seguía siendo el mismo muchacho que había salido de su pueblo con un hatillo, ¡ con un sueño! 

Durante mi estancia en Madrid, como solía hacer en Sevilla, frecuentaba algunos bares donde se juntaban toreros y aficionados. Un día entré con una camisa amarilla, llamando la atención sin querer.  

—¡Eh, amarillo! —me soltó una señora entre risas—. ¿Eres supersticioso, torero?  
—Yo, ¿supersticioso? —respondí, encogiéndome de hombros—. Para nada.  
—Pues tu apoderado, Vito II —dijo señalando mi camisa—, sí lo es. Con este color tiene más cuidado que con un toro bravo.   Me quedé mirando mi camisa y no pude evitar pensar: “Bueno, pues habrá que tratarla con más respeto que a algunos toros, por si acaso” 

En fechas próximas volví a las Ventas. Aquella novillada prometía, y al mirar, vi a mi apoderado en la barrera, atento a todo. Mi mozo de espadas llevó mi capote de paseo, de color amarillo apoyándolo a su lado, pero Vito II lo rechazó como si el color mismo fuera un mal augurio.  Me sentó tan mal que, al salir al ruedo al colocarme frente al burel, al dedicarle la suerte, no pude contenerme:   —¡Desde hoy mismo usted no me apodera más!  
Hoy me pregunto si no me precipité, si aquella decisión fue demasiado impulsiva. Lo cierto es que, una vez más, me quedé sin apoderado, dejando mi carrera a la suerte de la plaza y de mi propio arte.  

Con el paso de las novilladas y el nombre empezando a sonar en los carteles, comencé a sentir que algo se estaba moviendo por dentro. Ya no era solo torear; en el ambiente se respiraba otra cosa. En las plazas, en los callejones, en los corrillos de aficionados, empezaban a escucharse la palabra alternativa, dicha en voz baja, casi con respeto. Yo la oía, pero no la buscaba. Sabía que ese paso no se da a la ligera, que llega cuando el cuerpo, la cabeza y el alma están preparados.  

Por las noches, solo en la habitación de la pensión, pensaba en lo que significaba cruzar esa frontera. Convertirse en matador no era solo vestirse de luces; era asumir una responsabilidad mayor, enfrentarse a toros con toda su verdad, dejar atrás para siempre al novillero. A veces me preguntaba si aquel muchacho que había sido maletilla, que había dormido en cocinas y corrales, estaba listo para dar ese salto. Otras veces, sin embargo, sentía que todo lo vivido me había preparado precisamente para ese momento. La alternativa aún no tenía fecha ni plaza, pero ya se asomaba en el horizonte, como una puerta entreabierta que tarde o temprano habría que cruzar.  

Autor: Julio Jiménez Cordobés.