Por Julio Jiménez
La vida en La Luisiana en aquellos años de posguerra era extremadamente difícil. Sobrevivir significaba pelear contra el hambre, la enfermedad, el miedo constante que imponía el nuevo régimen. En medio de todo aquello, seguía empeñado en mi sueño de ser torero, ¡pero en qué condiciones!
Estaba cansado de mis idas y venidas al campo de Don Félix, agotado de pisar calabozos en los pueblos cercanos cada vez que me tiraba de maletilla en algún festejo. Cada salto al ruedo me costaba una noche entre rejas junto a una multa que no tenía con qué pagar. Fue entonces cuando comprendí que, si de verdad quería llegar a algo, tenía que dar un paso más grande: marcharme a otro lugar, buscar un sitio donde mis oportunidades no se ahogaran antes de nacer.
En uno de esos días en el campo, bajo la luz de los astros que iluminaban la noche comenté a mi mejor amigo:
¡José, Campiñé! —le dije bajito, como quien suelta algo que pesa— No me puedo quedá aquí más tiempo, quillo.
—¿Qué te pasa ahora, Curro? —me miró medio riéndose—. ¿Otro lío en el rastrojo o qué?
—Lío ninguno —respondí— Lo que pasa es que aquí ya hemos hecho tó lo que podíamos. Si queremos ser alguien hay que volá.
—¿Volá a dónde? —dijo él, arrugando el ceño— ¿A Écija? ¿A Sevilla?
—No, hombre. Más pa’llá. A Valencia. Dicen que por allí hay más trabajo, más tientas, más campo, más de tó.
—¿A Valencia? ¡Ni que estuviéramos locos, Curro! —se echó a reír, pero con un brillo raro en los ojos.
—Locos estamos ya —le contesté— Locos por ser toreros, por buscar algo mejor, por no morí aquí sin haberlo intentao.
—¡Mi arma! —Suspiró Campiñé— Si es que tú me metes en tó.
—Vámonos, José ¡Ahora o nunca!
Él se quedó callao un momento, mirando al suelo, luego soltó una risa de esas que salen de dentro.
—Venga, Curro, illo, que tú me metes en tó ¡Vámonos! A ver si la suerte nos está esperando allí.
Al alba, cuando el cielo apenas clareaba, los dos amigos marchamos hacia el restaurante el Volante; mi pueblo lo cruza la carretera nacional IV que une Madrid con Sevilla. Preguntamos a varios camioneros hasta que dimos con un transportista cuyo destino era Gandía. Este hombre se ofreció a llevarnos gratis. Así fue como comenzó nuestra aventura. En el hatillo llevábamos lo justo: un pedazo de pan, algo de tocino curado, una muleta vieja; Íbamos ligeros de equipaje, pero cargados de sueños. Buscábamos una vida nueva, una oportunidad que en nuestro pueblo no encontrábamos. Soñábamos con convertirnos en figuras del toreo; sabíamos que triunfar en las plazas podía ser la llave para escapar de la miseria que nos perseguía. Y así, sin tener aún los dieciocho cumplidos, nos sumergimos en uno de los episodios más intensos de nuestras vidas.
Los pocos ahorros que traíamos nos servirían para pagar un par de noches en una habitación alquilada a una señora del pueblo. Aun así, tuvimos suerte para encontrar trabajo: mi amigo entró de albañil, yo pasé a formar parte de la plantilla de La Vital, una gran fábrica de transformación de cítricos. Durante varios meses trabajé allí, ganando lo justo para vivir. ¡Por fin! pude retomar mi verdadera pasión: el toreo.
En Xátiva llegó la oportunidad. Me lancé de maletilla al ruedo con el alma en llamas. Nada más plantarme en el albero, le cité de lejos con la muleta apareciendo los primeros naturales templados que hicieron vibrar a los tendidos. Luego, con derechazos medidos llevé al toro con hondura, intercalando pases cambiados por la espalda y trincheras ajustadas que encendieron aún más al público. Cada muletazo tuvo su verdad; el toro respondió con embestidas francas, los “olés” acompañado de aplausos parecían no tener fin. Fue una faena corta, pero llena de arte, de esas que dejan sello.
Como siempre, no me libré de la comisaría esa noche. Pero al amanecer, un aficionado que había visto la faena pagó la multa de 500 pesetas. Aquello, para mí, valió más que cualquier trofeo.
Lo mismo ocurrió tiempo después en una corrida en Gandía, donde, cegado por las ganas de abrirme camino, me lancé otra vez al ruedo. Salté la barrera con el corazón desbocado. Cité al novillo con la muleta, la plaza entera se encendió como una candela. Hubo pases templados por abajo con la mano derecha, una media que arrancó un “¡olé!” redondo y un quite por delantales que dejó a más de uno con la boca abierta.
—Killo, ¿te acuerdas de aquella vez en Gandía? —le dije al Campiñé, riéndome por no llorar—. Me llevaban pa la cárcel otra vez, con los municipales agarrándome por los brazos como si fuera un bandolero.
—¡Sí, Curro! —respondió él—. Te veía desde lo alto de la grada, aquello fue de locos. Cada pase de muleta tuyo, ¡uff! parecía que el toro te obedecía solo a ti.
—Pensaba que me estabas diciendo adiós —seguí—.
—¿Adiós? ¡Qué adiós ni qué niño muerto! —contestó él entre risas—. ¡Te estaba gritando que te habían perdonao! “¡Currooo, que te han perdonao, picha mía!”, te lo juro que me dejé la garganta.
—Pues no escuchaba ná, Campiñé, ná de ná —admití—. Solo oía a los guardias decir “pa dentro va”. Me veía otra noche tieso en el calabozo.
— ¿Sabes por qué te perdonaron?
—me preguntó, con ese brillo travieso en los ojos—.
—Dímelo tú…
—Porque la plaza se volvió loca, Curro. ¡Loca! Cada pase era un poema: arrancaste con un natural templadísimo, dejando que la muleta acariciara al toro, la grada se quedó en silencio, esperando el siguiente movimiento. Luego vinieron los derechazos, largos, profundos, que hacían girar la cabeza del toro como un reloj. No te olvides de los pases cambiados por la espalda ¡el público gritaba, aplaudía sin parar!
—¿Y la trinchera? —interrumpí, recordando la jugada—.
—¡La trinchera, Curro! Eso fue de locura: te tiraste al límite, con el toro pegado al suelo, la plaza en un suspiro; remataste con los pases de pecho que hicieron temblar hasta a los guardias. Todos quedaron boquiabiertos. Yo gritaba desde mi sitio, tú ni te dabas cuenta.
—Quién lo iba a decir —murmuré—. Que unos pases de muleta me fueran a librar del talego.
—Pases no, Curro —me corrigió, serio—. Toreo del güeno. Eso fuiste tú aquella tarde, por eso te perdonaron. Por tu arte, por tu valor, por hacer que el toro y la plaza hablaran contigo.
La vida empezaba a sonreírnos. Teníamos trabajo, un techo, empezaba a tener éxito en mis andanzas taurinas y, lo más importante: seguíamos juntos, como una pareja de novilleros que se arriman a la suerte. Pero no iba a durar mucho.
Un conocido de mi amigo vino a visitarnos a Gandía. Su familia lo echaba mucho de menos, sobre todo su hermana. Se había marchado de casa siendo casi un chiquillo; aquellas palabras se le quedaron clavadas a José Antonio. Durante las semanas siguientes anduvo fuera de sitio, sin poder sacudirse de la cabeza todo lo que había escuchado. Hasta que un día, sin previo aviso, tomó la decisión que partiría nuestra cuadrilla en dos: se marchó a La Luisiana.
Me quedé solo. Nada era lo mismo. Continué trabajando en la fábrica de zumos; incluso me ofrecieron trasladarme a la Central en Alemania, pero rechacé la propuesta. Mi hambre de toro, mi deseo de abrirme paso en el toreo, pudo más que cualquier contrato.
Pasaron semanas, echaba de menos al Campiñé: sus ánimos en los ruedos, su manera de empujarme para que diera ese pase más, su presencia a mi vera como buen peón de confianza. Sin él, la faena se me hacía cuesta arriba.
Entonces lo tuve claro: era hora de volver a casa.
Autor: Julio Jiménez Cordobés.